El misionero jesuita Wolfgang Bayer
(1722-1785?), visitó la costa peruana y
la región del Collao entre 1752 y 1766. Observa y anota las costumbres
funerarias de algunos indígenas de la época:
“…Comparten
con los muertos sus comida y bebida, y les ponen todo aquello que es necesario
para un largo viaje, lo cual, cuidadosamente, ocultan debajo del muerto. Ellas
temen que los apaleen sus pastores de almas si se les escapa referir estos
abusos ridículos, ya que las exhortaciones de nada valen. También le ponen al
muerto agujas e hilos, a fin de que durante el viaje puedan zurcir sus vestidos
y, asimismo, extraerse de los pies las espinas de las plantas, ya que ellos se
imaginan que los desaparecidos deben viajar por ásperos montes cubiertos de
espinas. Matan también al perro que le era más fiel al difunto durante sus
días, a fin de que pueda protegerlo contra los asesinos, en el camino. Ciertos
días del año, se deslizan hacia la tumba, sobre la que vierten chicha (cerveza
americana), con el fin de apagar la sed del muerto, chicha que es preparada tan
maliciosamente, que se podía suponer que habían rociado con agua bendita, pues no
se advertía el olor de esta bebida. Luego, transcurridos algunos años,
preparaban deliciosas comidas, en las que libaban alegremente por la salud del
muerto, y para que prosiga felizmente su gran viaje a la eternidad…”

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